Cuando digo alquimista en este título me estoy refiriendo a que todos mis títulos, presentados en el perfil de este blog completo que se halla en el espacio lateral debajo de mi foto, los integré en este único nombre ¿Alquimista?.
No trabajo con metales, no busco oro, no sigo tradiciones herméticas ni prácticas esotéricas.
La palabra alquimista en mi oficio no tiene nada que ver con los antiguos laboratorios, los hornos, los símbolos crípticos o la promesa de transformar plomo en riqueza.
Mi trabajo es otro.
Mi campo es humano.
Mi materia prima es la palabra.
Cuando uso la palabra alquimia, me refiero a un proceso estrictamente simbólico:
la capacidad de acompañar a una persona a ver con claridad, ordenar su clima interno, distinguir lo que le pertenece de lo que no, y recuperar un modo más simple y más propio de estar en el mundo.
No hago diagnósticos.
No realizo tratamientos médicos.
No intervengo en procesos psicológicos ni los reemplazo.
No prometo sanación ni resultados extraordinarios.
Mi oficio es acompañar, no curar.
Mi herramienta es la conversación adulta, no la técnica clínica.
Mi responsabilidad es no invadir territorios profesionales que no me corresponden.
El alquimista antiguo buscaba oro.
Yo trabajo con otra clase de materia:
la experiencia humana, con su complejidad, su humor, su dolor y su lucidez.
Si uso esa palabra es porque describe con precisión un gesto:
transformar confusión en claridad, ruido en orden, peso en liviandad.
No desde la magia, sino desde la presencia.
Esa es mi práctica.
Ese es mi límite.
Ese es mi compromiso.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario